El alarmante problema del desperdicio alimenticio

¿Cuántas veces nos habrán repetido nuestros padres que la comida no se tira? Y aun así, ¿somos realmente conscientes de la cantidad de alimentos que se desperdician en nuestro planeta día a día y de lo que eso conlleva a nivel económico y medioambiental?

Cada año, cerca de 1,3 billones de toneladas de alimento apto para el consumo se pierde o se desperdicia en el mundo, y eso significa un tercio de la producción, por lo que 1 de cada 3 alimentos producidos no son aprovechados. En España, estos datos se traducen a unas pérdidas de 7,7 millones de toneladas de alimento al año.

Primero de todo debería definirse lo que significa pérdida y desperdicio. Pérdida alimentaria se consideran aquellos alimentos que se han producido y que no han llegado al consumo de forma involuntaria, normalmente debido a ineficiencias en la infraestructura de la cadena de producción. Desperdicio, por otro lado, son aquellos alimentos que se descartan de forma intencional, principalmente por motivos estéticos.

Por supuesto, no todas las regiones del planeta contribuyen a las pérdidas y desperdicios alimentarios del mismo modo. En las zonas más desarrolladas como Estados Unidos y Europa, las perdidas por cápita llegan a cifras de entre 95 y 115 kg/año, mientras que en regiones como la de África subsahariana y el Sudeste asiático, estas son de entre 6 y 11 kg/año. Es importante destacar también que en los países desarrollados, las pérdidas más significativas se dan en la etapa del consumo, donde los alimentos son descartados principalmente por la percepción del consumidor de lo que debería ser un producto de calidad, es decir, por razones estéticas. Estos motivos, a su vez, repercuten en un aumento del desperdicio por parte de los agricultores o actores intermediarios que, al saber que un producto que no es estéticamente atractivo no se venderá, lo desechan en la primera etapa del proceso de distribución. En los países en desarrollo, en cambio, las pérdidas de alimentos se dan principalmente debido a la ineficiente infraestructura de transporte y almacenamiento. En este último caso, dado que las pérdidas son debidas a las limitaciones de infraestructura y no por causas intencionadas, no se considera desperdicio, sino perdida.

En el siguiente gráfico se muestra, según la región del mundo, en qué nivel de la cadena de producción, distribución y consumo de los alimentos se desperdicia mayor cantidad de alimentos al año y por cápita. El gráfico deja ver que en las regiones más desarrolladas el desperdicio de alimentos causados por el consumidor es de alrededor del 30% de las pérdidas totales.

El desperdicio de tales cantidades de alimento supone un gran desequilibrio social y ecológico. Por un lado, provoca una injusticia social con respecto a los 800 millones de personas que padecen hambre crónica mientras el 33% de la producción de alimentos se desaprovecha. Además, se prevé que la producción de comida necesaria en el 2050 va a ser un 60% más alta que en 2007, por lo que hacer un uso más eficiente de los alimentos producidos nos ayudará a alcanzar la futura demanda. Por otro lado, supone un gran impacto ecológico debido a las grandes cantidades de agua que se usan para el cultivo y producción de estos alimentos y que al final, al no ser consumidos, resultan inútiles. Estas pérdidas son comparables con el caudal del río Volga, que es de 8.000 m3/s, es decir, cada segundo se desperdicia el agua equivalente a 3 piscinas olímpicas al desaprovechar 1 de cada 3 alimentos que se producen. Otras implicaciones ecológicas que suponen estas cantidades de desperdicio son las emisiones de metano a la atmósfera producido durante la descomposición de los alimentos; y el CO2 equivalente asociado a la producción y distribución de estos desperdicios y pérdidas, que se calculan de un valor de 3,3 toneladas al año, debidas principalmente a los pesticidas y fertilizantes usados, a las extensiones de tierra empleadas y a las emisiones durante su industrialización y transporte. De hecho, y para que nos hagamos una idea de los que significan tales cantidades de CO2, se ha demostrado que, si el desperdicio de alimento mundial fuesen las emisiones de un país, este país sería el tercer mayor emisor de CO2, solo después de China y Estados Unidos.

Por último, cabe destacar que el impacto no es solo social y ecológico, también tiene un gran impacto económico. Ya que el dinero invertido en un producto perdido, es dinero perdido. La FAO calcula que los costes asociados a la producción y distribución de los alimentos desperdiciados o perdidos llegan a los $750 billones anuales.

Este gran problema ya se ha hecho visible y se considera una urgencia social que muchas organizaciones, asociaciones y empresas ya están intentando atacar.

Entre los objetivos de la ONU para el 2030 ya hay dos objetivos relacionados con el aprovechamiento de alimentos: el objetivo “Hambre cero y agricultura sostenible”, que se propone acabar con el hambre, y garantizar acceso a todas las personas a alimento seguro, y nutritivo y el objetivo “Consumo y producción responsables”, que propone reducir a la mitad el desperdicio de alimentos por cápita mundial.

Además de la ONU, existen en Europa muchas campañas que promueven el consumo de alimentos feúchos pero totalmente aptos para el consumo y de calidad. Entre muchas otras se encuentra la asociación sin ánimo de lucro “Els espigoladors”, que se encargan de salvar los alimentos en la fase de recolección que no van a entrar en la fase comercial o bien porque no cumplen los estándares estéticos y físicos del mercado o porque al productor no le sale a cuenta recolectarlos debido a bajo precio del producto en el mercado. Los alimentos recogidos son destinados en un 90% a ONGs y en un 10% a producir conservas que son comercializadas posteriormente.

Han sido creadas también empresas y aplicaciones móviles que tienen como objetivo salvar de ser tirados a aquellos alimentos que no se van a vender en supermercados o en restaurantes. Mediante estas aplicaciones, los usuarios pueden ver los productos que van a ser desaprovechados y pueden rescatarlos por un precio muy inferior al habitual.

A pesar de los esfuerzos efectuados por dichas organizaciones para erradicar este problema, al final el mayor poder, sobre todo en las regiones desarrolladas, está en los propios consumidores. Pequeños actos como organizar bien nuestras compras para que la comida no se estropee en nuestra cocina o aprovecharse de las ofertas de los supermercados o restaurantes ofrecen sobre los alimentos a punto de perecer, son formas fáciles de contribuir a la reducción del desperdicio de alimentos así como de ahorrar dinero no malgastándolo en comida que no vamos a consumir. Un simple gesto como el de salvar una barra de pan de ser desechada evita un volumen de emisiones innecesarias de CO2 equivalente al emitido por un coche al recorrer un km.

Bibliografía:

 

Autora: Marta Llovera Bonmatí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *